Quien es Andres Serrano ?
por Victoria Verlichak*

 

 

Sereno y seguro, Andres Serrano sabe que los ecos de un escándalo lo preceden. A esta altura lo toma con humor, como un dato más de la estimulante realidad que vive y que por estos días lo trae a Buenos Aires desde Nueva York.

Con una obra sólida -que se aproxima a todo lo humano y navega entre extremos en búsqueda de la belleza- y cerca de 15 años de trabajo detrás suyo, Serrano logró reconocimiento internacional, superando largamente los 15 minutos de fama augurados a todos por Andy Warhol.

Cuando en 1987 a Serrano se le ocurrió fotografiar un crucifijo inmerso en un líquido color ámbar, jamás pensó que dos años después esa imagen encendería una feroz controversia. La piedra del escándalo fue una copia en cibachrome de su Piss Christ, de su serie Inmersiones. El crucifijo de madera y plástico sumergido en orina del propio artista ya había sido exhibido varias veces sin problemas. Pero en 1989 un religioso fundamentalista llevó la protesta hasta

Washington. "Fue una experiencia muy kafkiana, despertarse y encontrarse incluido en las discusiones y en el registro del Congreso de los Estados Unidos" (1) dijo el artista, que utiliza la fotografía como pintura.

Entonces, el senador republicano Alphonse D'Amato rompió una reproducción en el recinto y tiró los pedacitos al piso, vociferando su oposición a la foto, al artista y al National Endowment for the Arts -a través de la cual, Serrano había recibido un premio canalizado por otra institución. El debate real -que lideró el también republicano Jesse Helms, sumando su furor contra las fotos de Robert Mapplethorpe- giraba en torno a la libertad de expresión, la lucha por el control de las imágenes y el papel del estado en el sostén económico de la producción cultural.

Nacido en Nueva York en 1950, Serrano es hijo de una madre cubana negra que no hablaba inglés y estuvo internada repetidamente por brotes psicóticos -durante los que creía oir voces religiosas- y un padre hondureño que se ausentó de su vida tempranamente, ya que era marino mercante y tenía otras familias en Centroamérica.

Serrano creció bastante solo, en medio de una precaria estabilidad. Aunque vivía en un populoso sector de Brooklyn encontró su camino al Metropolitan Museum of Art -en el corazón de Manhattan. Durante cada visita, se quedaba horas mirando las obras de los grandes maestros. Maravillado y bajo la magia de las potentes visiones que ofrecían las interminables galerías, cuando todavía no era un adolescente, decidió que quería ser artista.

Desde sus primeros trabajos con fotos, cita y se apropia de momentos de la pintura universal. Aparecen afinidades con el barroco, lo surreal, la abstracción, el realismo. En etapas sucesivas, amanecen destellos de Duchamp, Mondrian, El Greco, Caravaggio, Bacon.

Pero su obra no exige ser filtrada a través de la historia del arte. La mirada del espectador puede dejarse seducir sin intermediación alguna. La potencia de las imágenes -que transitan lo sublime y lo profano y su elegante factura están destinadas a capturar la emoción antes que el intelecto y eso es lo que Serrano precisamente busca.

Primero, antes de lanzarse a la calle con una cámara fotográfica, intentando capturar el vertiginoso escenario que la ciudad y sus personajes ofrecían, estudió pintura y escultura en el Brooklyn Museum Art School, entre 1967 y 1969. Su romance con la pintura duró poco, casi enseguida resolvió que carecía de talento para los pinceles. Sin dirección alguna, las fotos blanco y negro de comienzos de la década del Setenta quedaron tan atrás como los años subsiguientes, cuando intoxicado, vivía al borde de la noche total.

A los 28 años, jerarquizó a la fotografía como medio para anunciar su manera de estar en el mundo. Frente a las millones de imágenes que se ofrecen en la TV, la gráfica, la publicidad callejera, el cine, los videoclips, Serrano se detuvo a pensar cómo hacer para que alguien mire, registre lo que tenía para decir.

Pronto intuyó que más que reflejar la realidad, él prefería pintar, armar, la fotografía. La curadora Lisa Phillips explicó las condiciones de producción y el concepto de esta forma de trabajo que libera a los artistas "de la preocupación de dar testimonio". "Lo que distingue la nueva fotografía de la práctica tradicional es el cambio en el énfasis que ya no reside en 'tomar' la fotografía sino en 'hacer' la fotografía. La ambición convencional de captar la composición perfecta en una sola toma, ha sido objeto de duda y revisión a medida que los artistas de hoy, que trabajan con la fotografía, sistemáticamente desafían toda suposición acerca del medio" (2).

Serrano se ha convertido en un maestro de esta travesía, propone a la fotografía como una falsa realidad. "La cámara miente y también dice la verdad, esa es la hermosa contradicción" (3) dice. Las fotos manipulan, saben hacia a dónde enviar la mirada del espectador, como si Serrano tuviese la certeza de contar con su complicidad.

Antes que ensayos sobre la realidad, sus series crean la ilusión de que todo puede ser fotografiado. Se preguntan por el otro y, más allá de las intenciones del artista, ponen en escena cuestiones que pueden ser leídas como parte de un debate que la sociedad de fin de siglo tiene que encarar.

Su propuesta de trabajo es atractiva por sus contradicciones intrínsecas. Basada en un juego de los opuestos, envuelve en colores la comedia y la tragedia, ilumina lo sagrado e invoca lo blasfemo, reproduce el origen y bendice lo siniestro.

El tiempo circula en las fotos de Serrano. Esto es evidente en sus primeras composiciones, con fondos elaborados, con su mujer y sus amigos artistas como modelos, tanto como en las últimas tomas de La Historia del Sexo, exhibidas el año pasado en Europa y Estados Unidos.

Serrano miró hacia adentro. Entre 1987 y 1990, recurrió a los fluidos del propio cuerpo -orina, semen- y de otros -sangre, leche. Desde algo tan básico y concreto, se interrogó por el principio y construyó abstracciones de asombrosa delicadeza y vigor. Su interés por lo espiritual y su trabajo con los fluidos devino en la provocadora serie de las inmersiones de símbolos religiosos y culturales. En ese sentido, se puede coincidir con el novelista Jim Lewis que decía que "hacer una foto es una manera del amor porque el fotográfo mira como mira un amante, es una forma de devoción por que fotografiamos las cosas que adoramos" (4). Claro que no podría decirse que Serrano ama al Klu Klux Klan, la agrupación ultrareaccionaria que propone la supremacía racial de los blancos.

Entre estremecido y desconcertado, a solas frente a la imagen, la mirada del espectador busca los restos de humanidad que Serrano parece haber encontrado en los personajes del Klan vestidos con túnicas, disfrazados con amenazantes capuchas. La conducta de ocultamiento de esas patéticas personas es muy distinta a la actitud exultante de los Nómades, su trabajo con los sin techo. Retratados en el subterráneo de Nueva York, las personas olvidadas por la familia, la sociedad y el estado, los menos entre los menos, posaron. Fueron nombrados y registrados para siempre por la cámara que los contempla con suma atención y respeto.

No es un dato menor saber que Serrano fue bautizado como católico, que asistió a un colegio religioso y que a los 13 años recibió la confirmación. En su casa de Fort Green en Brooklyn, Serrano tiene un sillón de obispo y miles de santos, candelabros y retratos religiosos, entre otras muchas cosas. Su recuerdo de una iglesia llameante se convirtió en una serie sobre el poder de los símbolos y los hábitos. Tomadas en distintos puntos del planeta, las fotos sobre los religiosos parecen haber permitido al artista recordar en público, para exorcizar el pasado y crear una relación espiritual crítica y autónoma. Aunque una lectura política es ineludible frente a su labor. Hay que creerle, Serrano confirma que primero está su búsqueda de humanidad y belleza. El impacto de La Morgue (1992) -incluidas también en Identidad y Alteridad, la muestra principal de la Bienal de Venecia 1995- es duradero. Retrató fragmentos. Restos de jóvenes y ancianos. Se asomó a muertes violentas. Sin embargo, las imágenes, lejos de parecer amenazantes transmiten una extraña paz. El silencio y la consideración rodea a los cadáveres que descansan, demasiado solos. El espectador, acostumbrado a usos y costumbres que hacen hoy de la muerte -en hospitales y casas funerarias- algo rápido y distante, no podrá eludir la angustia.

La mirada del viajero tiene ventajas insospechadas. Serrano las muestra en sus retratos de Budapest y Estambul, otra vez descubriendo lo que se quiere disimular, el deseo, los cuerpos de los viejos, de los deformes y las muchachas musulmanas tradicionalistas.

En los retratos de La Historia del Sexo, tomados en 1996 en Holanda, la cámara mira directamente a los modelos que responden de igual manera. Los ojos primero, parecería ser la consigna de la mayoría de los retratos que hablan de la cultura del sexo.

Impecables, perturbadoras, inocentes, irreverentes, esperanzadas, las fotos poseen un envoltorio lustroso, subrayan detalles, combinan ángulos, explotan los colores, tienen a la libertad como posbilidad y al fin como seguridad.

La retrospectiva de Serrano resonará en cada espectador de manera diversa. Aquí está todo, la furia, la nostalgia, la pasión, la dulzura, la crítica, la soledad, la vida y la muerte, por eso no pueden dejar de mirarse.


* Periodista, crítica. Autora de "En la Palma de la Mano".
(1) Internet. (2) Lisa Phillips (Catálogo de Photoplay,1994). (3) Bruce Ferguson (Body and Soul, Takarajima Books, 1995). (4) Jim Lewis (Art Forum, enero 1997).

Bibliografía: Robert Hughes (The Culture of Complaint Oxford University Press, 1993). Celia McGee (The New York Times, 22 de enero, 1995). Robert Hobbs (Andres Serrano, Works 1983-1993, Institute of Contemporary Art, University of Pennsylvania, Philadelphia)

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