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La Transvanguardia Italiana
Arte al día 2003-08
http://www.artealdia.com/Revista/notaing.php?n=846
A veinte años del inicio del movimiento de la transvanguaria
italiana se presenta en Argentina la primera exposición
de estos cinco artistas que impactaron la escena internacional
durante esos años.
Las primeras aproximaciones en la Argentina sobre el nuevo movimiento "La
Transavanguardia Italiana", se remontan a los inicios de los
años 80. Las frecuentes visitas de Achille Bonito Oliva,
con sus estimulantes conferencias en el Centro de Arte y Comunicación
(CAYC), las visitas a los talleres de artistas, y su activa personalidad
imprimieron a nuestro entorno estímulo, curiosidad y una
efervescente actividad.
De la mano del crítico de arte Carlos Espartaco se editó la
edición en español del libro fundante del movimiento,
(La Transvanguardia Italiana- Rosenberg - Rita, Editores- Buenos
Aires, 1982). Jorge Romero Brest fue quien escribió la introducción
donde manifestaba sus reparos sobre algunas manifestaciones teóricas
del autor, sobre todo a lo referente a la vuelta de la pintura
y a la vigencia del cuadro de caballete. Reparos que hasta la fecha
siguen vigentes en el debate teórico estético.
Pero más allá de esto la influencia de La Transavanguardia
en nuestro país fue muy importante y un destacado grupo
de artistas de la década del ‘80 emparentados en la
misma búsqueda estética, crearon obras trascendentes
para nuestro medio.
Hoy luego de veinte años del inicio del movimiento presentamos
la primera exposición de estos cinco artistas que impactaron
la escena internacional durante esos años. Nuevamente de
la mano de Achille Bonito Oliva -el curador- podremos poner a disposición
del público, críticos, historiadores y artistas las
primeras pinturas históricas para completar el marco del
debate no sólo sobre arte internacional sino también
para una nueva lectura de nuestro entorno en esos inicios de la
década.
Junto a la Embajada de Italia y a nuestros auspiciantes Tenaris,
Organización Techint, presentamos esta exhibición
y catálogo incorporando a más documentación
para profundizar el diálogo y la formación de nuestro
entorno.
Adriana Rosenberg
Presidente
Fundación Proa
La Transavanguardia italiana
Achille Bonito Oliva
La euforia política de los años sesenta había
empujado el arte hacia una impersonalidad de la expresión
que no podía conjugar el yo, en posición siempre
apostada tras la pulsión creativa de la imagen.
Sin embargo, en la segunda mitad de los años setenta el
arte de la transvanguardia, practicado en Italia por Chia, Clemente,
Cucchi, De Maria y Paladino halló de nuevo el placer de
una manualidad no separada del impulso conceptual. La manualidad
significa capacidad de fijar el trabajo del arte en las inmediaciones
de una subjetividad, que utiliza todos los instrumentos expresivos
y todos los lenguajes posibles.
La subjetividad se afirma precisamente a través de su desintegración;
es una afirmación a través de la accidentalidad de
la imagen, nunca propuesta como momento unitario y totalizador
sino siempre como visión precaria que no capta, ni pretende
tampoco hacerlo, el sentido del mundo ni la idea del infinito que
lo acompaña. Acá, la imagen se convierte en el depósito
de una potencialidad, apenas insinuada, expresada en los modos
del arte, o sea en los de la gracia y el furor.
De la subjetividad, los artistas de la transvanguardia transmiten
a la obra no tanto el momento autobiográfico y privado como
los elementos estructurales que la caracterizan: la mutabilidad,
la provisionalidad, la contradicción y el amor por el detalle.
Una sensibilidad activa y no agresiva, ligada a una perspectiva
de placer, impregna el trabajo de los artistas, relacionada con
la idea de una garantía interna completa del arte, la de
conseguir fundar la realidad minoritaria puesto que está ligada
a la pulsión individual de una imagen personal.
La mutabilidad es fruto del carácter transitorio del estilo,
nunca garantizado por la idea de continuidad y de estabilidad.
En efecto, Chia, Clemente, Cucchi, De Maria y Paladino usan lenguajes
diferentes y diferenciados, referencias a culturas lejanas en el
tiempo y también cercanas a la contemporaneidad. Una sensibilidad
desplegada en abanico promueve imágenes que se suplantan
entre ellas y se alejan del criterio de la poética y de
una tradicional fidelidad a ésta. Naturalmente, la imagen
corre entre lo figurativo y lo abstracto, entre la referencia a
una representación redundante y la equilibrada reticencia
del motivo abstracto y decorativo.
La provisionalidad reside en la hechura de la obra, que no se
demora nunca en un perfeccionismo académico, sino que se encuentra
siempre en tránsito entre la pulsión del hacer y
la estabilidad del resultado. Además, la imagen capta siempre
sensaciones móviles, como ocurrencias en la obra de Chia,
el sentido de la materia en la de Cucchi, la suspensión
del tiempo en Clemente, la música del color en De Maria
y la polivalencia de los motivos en Paladino. El tiempo como flujo
imparable se convierte en el momento afirmativo de una obra que
contiene en sí misma los síntomas de su superación.
La contradicción surge, precisamente, del deseo de no dejarse
encerrar en la geometría de una coherencia ligada a una
idea del mundo fijo, inmovilizada por la ideología. Las
imágenes son los síntomas de un depósito inagotable
que, en su manifestación no se deja sujetar por un lenguaje
unívoco. Imágenes irónicas y dramáticas,
signos llamativos y neutros, transitan continuamente por la superficie
de la obra, sin nunca connotar ni definir lo que quiere permanecer
móvil y abierto.
El amor por el detalle responde a la exigencia de captar pequeñas
sensaciones y pequeños conceptos. Estos artistas oponen
la idea de la concentración a la idea monumental y heroica
que impregna todo el trabajo de los años sesenta. El detalle
es el anclaje de la provisionalidad, el punto de apoyo de un arte
que obra en el plano inclinado de la sensibilidad y del estado
de gracia. La humilde pericia de la técnica definida también
como un comportamiento antiheroico e irónicamente doméstico.
En estos artistas, no es casual el recurso continuo al dibujo,
que les permite una expresión estilizada y huidiza, dinámica
y fluida. El dibujo permite captar el tránsito rápido
de la sensibilidad, su devanado más allá del obstáculo
de la materia y de la pintura. El signo no encuentra obstáculos,
por el contrario permite crear imágenes que no dramatizan
la propia aparición sino que la agilizan y le dan cordialidad.
El dibujo permite ser alusivos sin ser perentorios, permite la
afirmación del estado de ánimo incluso mental, sin
necesidad de recurrir a la descripción definitiva y categórica.
El dibujo en las obras de Chia, Clemente, Cucchi, De Maria y Paladino
es signo, tachón, imagen, efigie, línea, esbozo,
arabesco, paisaje, planta, diagrama, perfil, silueta, viñeta,
ilustración, figura, escorzo, impresión, escena,
boceto, calco, caricatura, claroscuro, pintada, grabado, mapa,
litografía, pastel, grabado al agua fuerte, xilografía.
Los instrumentos pueden ser: carboncillo, lápiz, bolígrafo,
pincel, mina, compás, tiralíneas, escuadra, pantógrafo,
regla de cálculo, regla, papel secante, chapa. El proceso
puede ser: arabesquear, calcar, componer, copiar, cancelar, corregir,
abrillantar, inventar. El resultado: campo, contorno, sombra, ornato,
perspectiva, plumeado.
En estos artistas, el dibujo suele producir signos íntimos
y emblemáticos, obra a través de la sombra y la degradación,
tiende a captar una segunda alma en las cosas, a sospechar visiones
inasibles e imprevisibles bajo la aparente visión de un
elemento diario que parece cerrado y unívoco. Por otra parte,
tiende siempre a darse como huella de una imagen más amplia
y concreta, de una imagen que escoge permanecer en un estado voluntario
de incertidumbre. La incertidumbre nace no solamente del recurso
a la sombra o a la degradación, sino también de la
mínima ocupación de espacio y tiempo en lo que se
refiere a la ejecución.
El dibujo parece siempre poner al descubierto el asalto del espacio
inmaculado del folio cometido por el artista. Acá, público
y privado coinciden: el umbral de la expresión empieza ya
antes de cualquier signo introducido en la obra, empieza ya en
el momento de elaboración mental de la imagen, en el movimiento
y en el temblor de la mano sobre el folio.
El arte finalmente regresa a sus motivos internos, a las razones
constitutivas de su obra, a su lugar por excelencia que es el laberinto,
entendido como "trabajo dentro", como excavación
continua dentro de la substancia de la pintura. La idea del arte,
a finales de la década de los setenta, era la de hallar
de nuevo en sí mismo el placer y el peligro de ocuparse,
rigurosamente, de la materia del imaginario, hecha de derivas y
esfuerzos, de aproximaciones y nunca de metas definitivas. La obra
se convierte en un mapa del nomadismo, del cambio progresivo practicado
fuera de toda dirección preconstituida por parte de artistas
que son ciegos - videntes, que se alegran en torno al placer de
un arte que se no reprime ante nada, ni tan siquiera ante la historia.
En los años sesenta, el arte poseía una connotación
moralista, incluso el de vanguardia: la fórmula del arte
pobre perseguía en su diseño crítico una línea
de trabajo represiva y masoquista, afortunadamente, rebatida por
algunas obras de los artistas. Posteriormente, la práctica
creativa echó abajo la censura formal pertinente a la producción
artística en favor de una práctica de la opulencia,
para reparar una pérdida inicial, mediante la ascención
sin por ello significar ascetismo o renuncia sino crecimiento y
desarrollo de la capacidad de arraigar, en el límite de
una posesión cuestionada continuamente por el movimiento
natural de la obra y del artista que, es de desposesión
y de superación. La opulencia es la capacidad de invertir
en la pérdida inicial, en la condición nocturna de
lo diario, el riesgo de la práctica manifiesta del arte.
Finalmente, la práctica pictórica es asumida como
un movimiento afirmativo, como un gesto y no ya como defensa sino
como penetración activa, diurna y fluidificante. El compromiso
inicial es el de un arte como producción de catástrofe,
de una discontinuidad que rompe los equilibrios tectónicos
del lenguaje en favor de una precipitación en la materia
del imaginario no como retorno nostálgico, como reflujo
sino como flujo que arrastra en sí mismo la sedimentación
de numerosas cosas, que superan la sencilla vuelta a lo privado
y a lo simbólico.
Desde siempre, la vanguardia, por definición, ha obrado
dentro de los esquemas culturales de una tradición idealista
con tendencia a configurar el desarrollo del arte como una línea
continua, progresiva y rectilínea. La ideología subyacente
en dicha mentalidad es el darwinismo lingüístico, de
una idea evolucionista del arte, que afirma una tradición
del desarrollo lingüístico de los antepasados de la
vanguardia histórica hasta las últimas consecuencias
de la búsqueda artística. El idealismo de dicha posición
reside en la consideración del arte y de su desarrollo fuera
de los reveses y de las repercusiones de la historia, como si la
producción artística viviese envuelta en la producción
más general de la historia.
Hasta los años setenta, el arte de vanguardia conservó dicha
mentalidad, obrando siempre dentro del compromiso filosófico
del darwinismo lingüístico, de un evolucionismo cultural
que respetaba toda genealogía con una meticulosidad purista
y puritana. Lo cual comportó una producción artística
y crítica, cuidadosa de colocarse en el surco geométrico
y cerrado de la continuidad. En definitiva, la neovanguardia intentó salvar
la conciencia feliz del artista, basada completamente en la coherencia
interna del trabajo, realizada dentro del ámbito experimental
del lenguaje, contra la incoherencia negativa del mundo.
Dicho compromiso comporta una coacción a lo nuevo que, distinguió la
producción artística de los años sesenta,
concebida como actividad circunscrita al lenguaje que promueve
la necesidad de experimentar nuevas técnicas y nuevas metodologías
respecto a una realidad dinámica y de por sí experimental
como capacidad productiva y desarrollo de tendencias del pensamiento.
Los artistas de los años setenta empiezan a trabajar cuando
cesa la coacción a lo nuevo, cuando se produce la deceleración
productiva de los sistemas económicos, cuando el mundo se
ve atrapado por una serie de crisis, que ponen al descubierto la
producción vertiginosa de todos los sistemas ideológicos.
Finalmente, se ha hablado y se sigue hablando de crisis del arte.
Pero si por crisis entendemos, según el étimo, "punto
de ruptura" y "averiguación" entonces podemos
emplear dicha palabra como un punto de vista permanente para verificar
el verdadero tejido del arte.
Dos son los niveles a los que nos remite la definición de
la crisis del arte: la muerte del arte y la crisis de la evolución
del arte.
Hegelianamente, por muerte del arte se entiende la superación
de las categorías del hacer artístico por parte de
la filosofía, en su calidad de ciencia del pensamiento que
comprende y absorbe la intuición artística. Más
modernamente, la muerte del arte nos remite a la constantación
que dicha experiencia ya no consigue mermar los niveles de la realidad.
Y, si por una parte, se destaca la impotencia de la superestructura
(el arte) respecto a la estructura (la economía, la política),
por otra parte se afirma la caída de la producción
artística de calidad (valor) a cantidad (mercancía).
Hoy en día, por crisis del arte estrictamente se designa,
sin embargo, la crisis sufrida por la evolución de los lenguajes
artísticos. La crisis precisamente de la mentalidad darwinista
y evolucionista de la vanguardia. La generación artística,
a finales de los años setenta, dió un vuelco a dicho
momento crítico en términos de nueva operatividad.
Y se puso al descubierto la valencia progresiva del arte, demostrando
que de cara a la no modificabilidad del mundo, el arte no es progresista
sino progresivo respecto a la conciencia de la evolución
interna propia y circunscrita.
Entonces el escándalo, paradójicamente, consiste
en la ausencia de novedad, en la capacidad del arte de asumir un
respiro biológico, a base de aceleraciones y deceleraciones.
La novedad es siempre fruto de una demanda del mercado que necesita
la misma mercancía pero presentada bajo una forma transformada.
En este sentido, en los años sesenta, se quemaron muchas
poéticas y las agrupaciones subyacentes. Porque las agrupaciones,
mediante las poéticas, permiten constituir aquella noción
de gusto que, precisamente por la cantidad de los artistas proyectados
en la misma dirección, permite el consumo social y económico
del arte.
Por último, las poéticas se alejaron, cada artista
obra a través de una búsqueda individual que destruye
el gusto social y persigue las finalidades del propio trabajo.
El valor de la individualidad, del obrar singularmente, se contrapone
a un sistema social y cultural traspasado por sistemas totalitarios
dominantes, la ideología política, el psicoanálisis
y las ciencias que resuelven internamente en la propia óptica,
en el propio sujeto las antinomias y las desviaciones producidas
por la realidad en su quehacer. Una cultura de las previsiones
limita la vida a un campo de concentración que reduce la
expansión y tiende a disminuir el deseo y la producción
material fuera de los caminos tortuosos e imprevisibles en los
que se forma. El sistema religioso de las ideologías, de
la hipótesis psicoanalista, científica, tiende a
conferir utilidad a todo lo que es diferente para el sistema, reciclando
y convirtiendo en términos de lo funcional y de lo productivo
todo lo que, sin embargo, emerge de la práctica de la realidad.
Lo que no es reductible a dichos términos es precisamente
el arte que no puede confundirse con la vida, por el contrario
el arte sirve para impulsar la existencia hacia condiciones de
imposibilidad. La imposibilidad, en este caso, es la posibilidad
de mantener la creatividad artística anclada en el proyecto
de la propia producción. El artista entonces obra en el
límite de un lenguaje irreductible respecto a la realidad,
bajo el impulso de un deseo que, siendo inmutable, en el sentido
de que no se muda nunca más que en su propia apariencia.
En este sentido, el arte es producción biológica,
actividad aplicada de un deseo que se deja homologar solamente
en la propia imagen pero no en la propia motivación. El
arte no acepta transiciones, conjuga internamente la necesidad
del artista de hacer absoluto el dato relativo de la producción
corriente y crear discontinuidad de movimiento, donde existe la
austera inmovilidad del concepto productivo.
Entonces el arte no es un comentario introducido por el artista
dentro del lugar del lenguaje, que no es nunca doble y especular
respecto a la realidad. En este sentido, la producción del
arte, por parte de la generación de los años setenta,
se mueve por sendas que demandan otra disciplina y otra concentración.
Acá, la concentración se convierte en desconcentración,
necesidad de catástrofe, ruptura de la necesidad social.
La experiencia artística es una experiencia laicamente necesaria
que ratifica la imposibilidad de eliminar la ruptura, la insanabilidad
de todo conflicto y de toda conciliación con las cosas.
Este tipo de arte nace de la concienciación de la irreductibilidad
del fragmento, de la imposibilidad de devolver unidad y equilibrio.
La obra se convierte en indispensable, al restablecer concretamente
rupturas y desequilibrios en el sistema religioso de las ideologías
políticas, psicoanalistas y científicas que, de forma
optimista tienden, sin embargo, a reconvertir el fragmento en términos
de totalidad metafísica.
Solamente el arte puede ser metafísica, porque consigue
trasladar el propio fin desde dentro hacia afuera, a través
de la posibilidad de imprimir al fragmento de la obra una totalidad
que no remite a otro valor externo a la propia apariencia.
Principalmente, el arte halla dentro de sí mismo la fuerza
para establecer el depósito del que extraer la energía,
necesaria para construir las imágenes, y las mismas imágenes,
concebidas como extensiones del imaginario individual, que se eleva
a un valor objetivo y palpable mediante la intensidad de la obra.
Porque sin intensidad no existe el arte. La intensidad es la calidad
de la obra de darse, en la acepción lacaniana, como domamiradas,
como capacidad de fascinación y captura del espectador dentro
del campo intenso de la obra, dentro del espacio circular y autosuficiente
del arte, que funciona según leyes internas, reguladas por
la gracia demiúrgica del artista, por una metafísica
interna que excluye toda referencia y toda motivación externa.
Regla y motivación del arte es la obra misma que impone
la substancia de la propia apariencia, hecha de materia y forma,
de pensamiento directamente encarnado en el lugar de la pintura
y del signo, no pronunciable más que a través de
las gramáticas de la visión:
De esta forma, el arte de finales de los años setenta se
presenta positivamente desintegrado, diseminado en numerosas obras,
llevando cada una de ellas dentro de sí la intensa presencia
de la propia existencia regulada por un impulso circunscrito a
la singularidad de la obra creada. De esta forma, se perfila el
concepto de catástrofe, entendida como producción
de discontinuidad en un tejido cultural sostenido en los años
sesenta por el principio de la homologación lingüística.
La utopía internacionalista del arte ha distinguido la búsqueda
del arte pobre, orientado plenamente a superar los límites
nacionales, perdiendo y alienando de esta forma las raíces
culturales y antropológicas más profundas.
Al aparente nomadismo del arte pobre y de las experiencias de
los años sesenta, basado en el reconocimiento de afinidades
metodológicas y técnicas, los artistas de los años
setenta oponen un nomadismo diferente y diversificador, reflejado
en el cambio progresivo de la sensibilidad y de la separación
entre una obra y la otra.
Los desprendimientos imprevistos del imaginario individual presiden
la creatividad artística precedentemente mortificada por
el carácter de la impersonalidad, sincrónica también
respecto al clima político de los años sesenta que
predicaban la despersonalización en nombre de una supremacía
de lo político. Ahora el arte, sin embargo, tiende a adueñarse
de nuevo de la subjetividad del artista, a expresarla mediante
las modalidades internas del lenguaje. Lo personal adquiere una
valencia antropológica, al participar en llevar de nuevo
al individuo, en este caso al artista, al estado de retomar un
sentimiento que es el del ego.
La obra se convierte en microcosmos que acoge y funda la capacidad
opulenta del arte para permitir el apropiarse de nuevo, volver
a ser dueños, de una subjetividad fluida que logra entrar
incluso en los recovecos de lo privado, que en cada caso funda
en la propia pulsión, y no en otros elementos, el valor
y la motivación del propio obrar.
El ideologismo del arte pobre y la tautología del arte conceptual
hallan una superación en un nuevo comportamiento que no
predica ninguna supremacía más que la del arte y
de la flagrancia de la obra que adquiere de nuevo el placer de
la propia exhibición, de la propia transcendencia, de la
materia de la pintura finalmente libre de encargos ideológicos
y de compromisos puramente intelectuales. El arte redescubre la
sorpresa de una actividad creativa infinita, abierta también
al placer de las propias pulsiones, de una existencia caracterizada
por miles de posibilidades, de la figura a la imagen abstracta,
de la fulguración de la idea a la suave transcendencia de
la materia, que se cruzan y funden contemporáneamente en
el carácter instantáneo de la obra, absorta y suspendida
en su entrega generosa como visión.
El arte en los años setenta halla en la creatividad nómade
el propio movimiento excelente, la posibilidad de transitar libremente
dentro de todos los territorios sin ningún obstáculo
con reenvíos abiertos en todas las direcciones. Artistas
como Chia, Clemente, Cucchi, De Maria y Paladino obran en el campo
móvil de la transvanguardia, entendida como cruce de la
noción experimental de la vanguardia, según la idea
de que cada obra presupone una manualidad experimental, la sorpresa
del artista por una obra que ya no se construye según la
certeza anticipada de un proyecto y de una ideología, sino
que se forma bajo sus ojos y bajo la pulsión de una mano
que se hunde en la materia del arte, en un imaginario hecho de
una encarnación entre idea y sensibilidad.
La noción del arte como catástrofe, como accidentalidad
sin planificar, que diferencia todas las obras entre ellas, permite
a los jóvenes una transitabilidad, incluso en el ámbito
de la vanguardia y en su tradición, que ya no es lineal
sino realizada a base de ahondamientos y superaciones, de retornos
y de proyecciones hacia delante, según un movimiento y una
peripecia que no son nunca repetitivos pues marcan la geometría
sinuosa de la elipsis y de la espiral.
La transvanguardia significa adquisición de una posición
nómade que no respeta ningún compromiso definitvo,
sin otra ética privilegiada que la de seguir los dictámenes
de una temperatura mental y material sincrónica con la instantaneidad
de la obra.
Transvanguardia significa abertura al fracaso intencional del logocentrismo
de la cultura occidental, a un pragmatismo que restituye espacio
al instinto de la obra, que no significa comportamiento precientífico,
sino tal vez maduración de una posición postcientífica
que supera la adaptación fetichista del arte contemporáneo
respecto a la ciencia moderna: la obra se convierte en el momento
de un funcionamiento energético que halla dentro de sí la
fuerza de la aceleración y de la inercia. De esta forma
pregunta y respuesta se equiparan en la lucha de la imagen y el
arte supera la connotación típica de la producción
de la vanguardia, o sea la de constituirse como una interrogación
que suplanta la expectativa del espectador para remitir a las causas
sociológicas que la han provocado. El arte de vanguardia
presupone siempre un malestar y nunca la felicidad del público,
obligado a salirse del campo de la obra para comprender su pleno
valor.
Los artistas de finales de los años setenta, aquellos que,
yo llamo de la transvanguardia, redescubren la posibilidad de dar
transparencia a la obra mediante la presentación de una
imagen que contemporáneamente es enigma y solución.
El arte, de esta forma, pierde su lado nocturno y problemático,
de la pura interrogación, en favor de una claridad visual
que significa la posibilidad de realizar obras hechas a arte, en
las que la obra funciona veramente como domamiradas, en el sentido
de que doma la mirada inquieta del espectador, acostumbrado por
la vanguardia a la obra abierta, a un arte proyectado incompleto,
que requiere la intervención perfeccionadora del espectador.
El arte en los años setenta tiende a devolver la obra al
lugar de una contemplación satisfactoria, donde el alejamiento
místico, la distancia de la contemplación, se carga
de erotismo y de energía toda procedente de la intensidad
de la obra y de su metafísica interna.
La transvanguardia se despliega en abanico con una torsión
de la sensibilidad que permite al arte ejecutar un movimiento en
todas las direcciones, incluidas en las del pasado. "Zaratustra
no quiere perder ningún pasado de la humanidad, quiere arrojarlo
todo en el molde" (F. Nietzsche). Lo cual significa no sentir
nostalgia por nada, ya que todo se puede alcanzar continuamente,
abandonando categorías temporales y jerarquías de
presente y pasado, típicas de la vanguardia que siempre
vivió dejándose atrás el tiempo como arqueología
y de todas formas considerándolo como un hallazgo que reanimar.
Sandro Chia obra a través de un abanico de estilos, respaldado
siempre por una pericia técnica y por una idea del arte
que busca dentro de sí los motivos de la propia existencia.
Dichos motivos consisten en el placer de una pintura finalmente
sustraída a la tiranía de la novedad y más
bien confiada a la capacidad de utilizar diferentes "maneras" para
llegar a la imagen. Los puntos de referencia son innumerables,
sin ninguna exclusión, desde Chagall a Picasso, desde Cézanne
a De Chirico, desde Carrà futurista a Carrà metafísico
y novecentista. Pero la referencia estilística es reabsorbida
inmediatamente por la calidad de los resultados, en el cruce entre
pericia técnica y estado de gracia. La pintura se convierte
en el campo en el que la manualidad y el concepto encuentran finalmente
un equilibrio. En Chia, la imagen es siempre sostenida por la necesidad
del título, de una leyenda o de una pequeña poesía
pintada directamente en el cuadro, que sirve para desvelar su mecanismo
interno. El placer de la pintura está acompañado
por el placer de ocurrencias, por la capacidad de integrar el furor
de la hechura del cuadro con el previo desapego de la ironía.
La obra se convierte en un circuito móvil de referencias
internas y externas, todas ellas al servicio de una imagen ofrecida
a la mirada con una doble valencia: como substancia pictórica
y como forma mental. En el primer caso, la imagen se colma con
la materia que la constituye; en el segundo caso, ésta se
propone como demostración asombrosa de una idea: una idea
en el arte existe solamente cuando encarna el tejido del lenguaje.
En Chia la imagen es siempre clara.
Francesco Clemente obra en el cambio progresivo del estilo, en
el uso indiferenciado de muchas técnicas. Al trabajo acompaña
y respalda una idea del arte, en absoluto dramática, que
consigue encontrar en el nomadismo de la ligereza la posibilidad
de una imagen en donde convergen repetición y diferencia.
La repetición nace del uso intencionado de estereotipos,
de referencias y estilizaciones que permiten trasladar también
la idea de la convencionalidad al arte.
Aunque dicha convencionalidad es solamente aparente, ya que la
reproducción de la imagen no se produce nunca de forma mecánica
ni literal. Por el contrario, tiende a realizar siempre variaciones
sutiles e imprevisibles que crean en la imagen reproducida un cambio.
El cambio, la idea de una suspensión temporal, que nace
de un estado de distensión, llevan a un resultado concentrado
en imperceptibles diferencias; dicha posibilidad es dada por el
hecho de que Clemente trabaja en la transición del significante,
en una cadena de asonancias, de analogías visuales que liberan
la imagen de toda obligación y referencia.
Todo esto crea un nuevo estado contemplativo de la imagen, una
especie de quietud, ya que ésta ha sido sustraída
al revuelo de sus tradicionales referencias y llevada a la posición
de una orientación diferente, explícita y falsamente
convencional. La extrema explicitación tiende a producir
una imagen que no descubre ningún esfuerzo ni ningún
apuro por las combinaciones dentro de las que vive. Como impregnada
de una disciplina oriental, la nueva imagen no revela emociones
sino un natural estado de calma.
Enzo Cucchi radicaliza la práctica pictórica, asumiendo
el cuadro como un instrumento y no como un fin. La pintura se convierte
en un proceso de agregación de varios elementos, figurativos
y abstractos, mentales y orgánicos, explícitos y
alusivos, combinados entre ellos sin una solución de continuidad.
Materia pictórica y extrapictórica convergen en la
superficie del cuadro. Todo responde a una dinámica, a un
movimiento imparable que arrastra figuras pintadas y líneas
de color fuera de cualquier ley de la gravedad. El cuadro es un
depósito provisional de energías que suscitan imágenes,
volúmenes de materia pictórica y extensiones de cerámica
fuera del tradicional soporte de la tela. La raíz de dicho
trabajo halla sus ascendencias en el tejido de un pintura voluntariamente
menor, ligada a un territorio antropológico y cultural estrictamente
italiano. En el plano del lenguaje visual, Scipione y Licini parecen
ser los puntos de referencia de la pintura de Cucchi. Éste
retoma el uso del color como mancha del primer artista.
Con Licini hallamos de nuevo el sentido dinámico del espacio,
de la libertad de colocar los elementos de la figura
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